El escultor José Capuz marcó en el primer tercio del siglo XX la gran renovación de la escultura procesional, especialmente tras la realización de su Descendimiento (1930) para Cartagena, obra en la que resume todas sus influencias, tanto de raíz historicista como del lenguaje de las vanguardias históricas. Descendiente de una familia de escultores de origen genovés afincada en Valencia a mediados del siglo XVII, José Capuz (Valencia, 1884-Madrid, 1964) se inscribe entre los escultores que incorporaron a la escultura española, agotada en academicismos y anecdotarios, los aires de modernidad, sin romper por ello con la tradición sino, antes al contrario, ofreciendo una renovación a través de la lectura de las vanguardias tamizada con las nuevas corrientes de simplificación clasicista entre las que podemos encontrar movimientos como la mediterraneidad de Aristides Maillol o el noucentisme catalán.

 

Tras una formación inicial en el taller de imaginería familiar y en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, en 1904 se trasladó a Madrid para trabajar en un taller de escultura. En 1906 gana la pensión para la Academia Española de Roma donde, en su estancia hasta 1912, el renacimiento italiano se configuraría como uno de los referentes fundamentales de gran parte de su producción posterior.

La sensualidad de los suaves modelados de esta época (Paolo y Francesca de Rimini, Primera Medalla de la Exposición Nacional de 1912) permite relacionar su obra con la de Clará, con quién convive en París en 1912. Su estancia parisina le permite trabajar con el consagrado Bartholomé y conocer la obra renovadora de Constantin Meunier, maestro en la representación de la acción contenida y equilibrada, al tiempo que toma contacto con la nueva interpretación de la figura humana de Rodin y la revisión del clasicismo griego, vitalista, de formas rotunda, de la escultura de Bourdelle. Capuz asimilaría todas esas influencias, pasando de sus inclinaciones modernistas iniciales a la influencia de Miguel Ángel; de la riqueza de matices de raigambre impresionista de Rodin, a la simplificación del antiguo Egipto -de actualidad por los descubrimientos arqueológicos de la época-, del naturalismo, a la simplificación formal del arcaicismo griego, pasando por el tamiz de la Secesión vienesa y las reinterpretaciones del vitalismo monumentalista de Bourdelle o la mediterraneidad de Maillol.

De regreso a España, en 1914 comienza a trabajar la imaginería religiosa en los talleres de Félix Granda en Madrid, lo que significará la incorporación de un género como el de la escultura religiosa, anclado en la tradición, a las corrientes artísticas del momento. En 1922 consigue la cátedra de Modelado y Vaciado en la Escuela Superior de Artes y Oficios de Madrid y en 1924 es elegido académico de la Real de San Fernando.

Es en esta época cuando Capuz comienza a recibir los encargos de los marrajos de Cartagena, marcando para siempre el lenguaje escultórico de esta cofradía.

Tras la Piedad (1925), Soledad (1925) y Cristo Yacente (1926), Capuz realizaría el Descendimiento (1930) obra que le garantizaría el reconocimiento nacional de su obra renovadora. La cita historicista aparece en el recuerdo de las grandes tablas flamencas sobre el tema al modo de actores sobre un escenario. Capuz consigue caracterizar a cada uno de los personajes mediante unos paños modelados no por la fidelidad naturalista sino por la voluntad de expresión y la concentración en lo esencial pero sin dejarse llevar por un decidido apartarse de la referencia naturalista, teniendo en cuenta la naturaleza del encargo. Así se alcanza el dualismo apreciable en el Descendimiento entre simplificación expresionista y referencia naturalista, entre la emoción de los paños y la serenidad clasicista de los rostros o la proporción y delicadeza clasicista de la anatomía de Cristo.

 

Estos rasgos innovadores presentes en el Descendimiento deberían moderarse y matizarse en su labor de recuperación de la imaginería perdida tras la guerra civil – San Juan (1943), Soledad (1943), Jesús Nazareno (1945), pero de nuevo aflorarían, tras varios proyectos frustrados, en lo que sería su último grupo para Cartagena, el Santo Amor de San Juan en la Soledad de la Virgen (1952), donde de nuevo las posibilidades expresivas de la forma y la materia cobran protagonismo en una creación de hondo sentimiento religioso.

Partiendo de influencias de diversa procedencia tomadas tanto de la historia del arte como de las corrientes estéticas del momento, Capuz consigue crear una obra absolutamente personal y al mismo tiempo dotada de un espíritu inconfundiblemente entroncado en la modernidad contemporánea, erigiéndose en una referencia indispensable en el panorama escultórico español del siglo XX.

 

JOSÉ FRANCISCO LÓPEZ MARTÍNEZ